La imagen poética de Andréi Tarkovski

Por: Katherine Gerena

«Al hablar de poesía no estoy pensando en ningún género determinado. La poesía es para mí un modo de ver el mundo, una forma especial de relación con la realidad.» -A. Tarkovsky: Esculpir en el tiempo.

En un día como hoy en 1932, hace 88 años exactamente, nació en Rusia la figura más importante e influyente de la escuela rusa y la historia del cine mundial: Andréi Tarkovski. Con tan sólo siete largometrajes en su vida como director, fueron suficientes para comprender el arte, la filosofía, la vida y la poética tras el lente cinematográfico. Tarkovski fue creador de un ambiente y lenguaje reorientado en el cine alrededor de la Segunda Guerra Mundial. Hoy recordamos su tributo inmortal que cada vez crece con mayor fuerza entre los productores y seguidores de cine.

Hijo del destacado poeta ruso del siglo XX, Arseni Tarkovski, fue él quién se encargó de conducir a su vástago por el mundo de las letras, la fotografía y el arte: disciplinas que Andréi se encargó de estudiar a lo largo de su infancia y niñez. Por la prolongada ausencia de su padre al rendirse como voluntario corresponsal en Segunda Guerra Mundial, sus figuras decisivas fueron su hermana, su madre y su abuela: el toque perfecto de la sencillez y belleza que perfumearían su cine.

En 1954, después de diferentes oficios a los cuales Andréi se había dedicado: estudiante de lenguas orientales, escultor, geólogo, prospector de hierro y oro; regresó a Rusia y decidió hacerse director de cine. Se inscribió en la apetecida y aclamada Escuela de Cine VGIK (Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía), ahí conocería a Serguéi Paradzhánov: reconocido maestro y director del cine del siglo XX. Su mentor y orientador en su paso por la escuela fue Mijaíl Romm. Sus cortometrajes producidos en su formación profesional: The Killers (1956) y El violín y la aspiradora (1961).

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Fotograma ‘La infancia de Iván’ (Иваново детство), 1962.

Un año después, Tarkovski fue el foco de atención alrededor del mundo gracias a su primer largometraje, La infancia de Iván (1962), con el cual obtuvo el León de Oro del Festival de Cine de Venecia. Sin embargo y más adelante, el director ruso caería también bajo la persecución y estricta vigilancia de las autoridades soviéticas porque sus películas no seguían los lineamientos exigidos por el PCCC (Partido Comunista de la Unión Soviética), al no mostrar el rostro de la Unión Soviética. Así, se le fueron negando diferentes apuestas e ideas que al director se le ocurrían: desde el recortarte del presupuesto hasta negación entera del rodaje.

Andréi Tarkovski vivía una crítica y densa represión como artista, más aún por el acontecimiento político alrededor de la Guerra Fría que hacía que cualquier mínima expresión fuera totalmente perseguida y censurada. Tales sometimientos y sujeciones fueron a ser vistas en la siguiente película del cineasta ruso, Andréi Rubliov (1966), que fue prohibida por las autoridades soviéticas hasta por cinco años. Fue exhibida en el último día del Festival de Cine de Cannes a las cuatro de la mañana con la presencia de diferentes autoridades soviéticas para evitar cualquier posible nominación y bajo una buena excusa de distribución de la película, fueron ideales para no levantar sospechas del señalamiento hacia el director.

Todo lo vivido durante ese fragmento de tiempo posterior a Andréi Rubliov no fue suficiente para frenar su inspiración y Tarkovski siguió filmando a pesar de las continuas amenazas por el gobierno soviético como las demás personas que no comprendían su cine. La siguiente película dentro de la Unión Soviética sería Solaris (1972), inspirada en la novela homónima polaca de Stanisław Lem, fue pronto aclamada en el Este en países como Estados Unidos frente a las comparaciones de la audiencia con la película 2001: Una odisea del espacio (1968) de Stanley Kubrick, al creer que esta había sido una «respuesta rusa» y muy a pesar de que Tarkovski en vida afirmó que no la había visto antes. En su libro póstumo Esculpir en el tiempo, el director ruso consideró Solaris como su película menos lograda porque no logró escapar de las diferentes etiquetas del género de ciencia ficción -las cuales el cineasta continuamente escapaba-.

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Fotograma ‘Solaris’ (Солярис), 1972.

Y es que comprender para lograr aproximarnos a la obra de Tarvkovski, es renunciar cualquier rastro o vínculo del cine comercial de Hollywood que tenemos muy presente. Es borrar toda etiqueta que pensamos que tiene el cine cuando lo vemos: drama, ciencia ficción, terror, suspenso, terror psicológico. Lo que atrae el cine de Tarkovski son sus interconexiones honestas y el gran contenido poético que refleja porque de ella emana un pensamiento humano real, una lógica sincera, una mayor emotividad y estimulación al espectador; también le hace partícipe en el conocimiento de la vida porque no concentra todas sus fuerzas sobre un objeto, un espacio, una persona: sino que abarca una gran gama de posibilidades reflexivas propias.

Para Tarkovski, trabajar en la Unión Soviética siempre significó trabajar de la mano con las limitaciones, prejuicios e imposiciones establecidas a nivel gubernamental; y el lograr sobrepasarlas, implicaba fuertes repercusiones sobre él. En 1975, a raíz del estreno de la película El espejo (1975), le costó un fuerte problema con las autoridades del país hasta el punto de casi haber quedado privado de su libertad. La historia tras El espejo es bastante conmovedora, desde su elaboración hasta su «estreno» -sí, entre comillas-: Tarvkovski mostró el guión de esta película a quien siempre había sido su director de arte y este, al ver el contenido del mismo se negó a ayudarle. Más adelante conoció a Misharin quien tomaría el riesgo de complementar el guión y posteriormente, grabar la película.

Tarkovski desarrolló en este largometraje una innovadora personalidad en la historia del cine, alejándose totalmente de los cánones impuestos del cine convencional: no manifiesta una estructura narrativa sino que demuestra sus propios sentires, tampoco parece interesarse por divertir o agradar al espectador. El Espejo es una película de carácter autobiográfico, tiene una añoranza y simpatía por los años de su infancia: la casa del campo, el fuego, el sonido del aire, su madre. Todo se condensa y vuelca en lograr realizar un homenaje apasionado de su familia y su hogar. Es un film que no enseña nada y tampoco quiere lograrlo. Simplemente se trata de un camino a través del alma de Tarkovski, es un análisis interno: como mirarnos a nosotros mismos frente al espejo. Las personas que observan este filme logran evocar como traer a la memoria eventos de su propia vida y algunas veces, logran sentirse identificados.

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Fotograma de ‘El espejo (Zérkalo)’, 1975.

El «estreno» -como lo escribo entre comillas porque no existió en realidad- fue aún más triste y como proceso de investigación por parte de las entidades gubernamentales soviéticas, la película tuvo que someterse a ser vista por las autoridades. Yermansh, uno de los designados a opinar sobre la misma, guardó silencio al finalizar la película y dijo: “no cabe duda de que tenemos libertad de creación artística pero no hasta tal extremo”. El Gobierno soviético prohibió que el film fuera estrenado en el Festival de Cannes muy a pesar de los esfuerzos caídos en vano por Maurice Bessy para llevarla al festival. Le permitieron a Tarkovski venderla en el Festival de Moscú pero no obtuvieron un rublo. La censura de El Espejo puso en manifiesto entre los críticos de cine que nunca realmente obtuvo el reconocimiento como estreno que debió darse.

Después de 1975, Tarkovski estaba más que decidido en renunciar a la producción cinematográfica y asimismo, lo había comunicado públicamente. Los problemas de distribución en sus películas como Andrei Rubliov, Solaris y El Espejo, habían sido suficientes para él; sumado con el ataque personal de la mayoría de sus colegas como el señalamiento público de sus espectadores dentro del país porque su cine era totalmente absurdo y fuera de cualquier lógica. Incomprendido por la mayoría de las personas, perseguido por el Gobierno ruso y sin capacidad de llevar al margen una «linealidad» en el cine, Tarkovski anunció su retiro prematuro a los 43 años de edad. Pero una lluvia de cartas de ánimo y afectos, le hicieron cambiar de parecer y lo empujaron a concluir un proyecto que había empezado años atrás: la redacción de un diario de dirección, el cual se convertiría en la brújula para sus espectadores como un libro más de cine y arte para los críticos. Lo llamaría: Esculpir en el tiempo.

Este libro es el ensayo más importante dentro de la historia de cine, considerado como el más hermoso y emocionante, Tarkovski no sólo se limita a hablar sobre cine. Las páginas de este texto resaltan la vasta e impresionante cultura del director: su intelecto y su manera de vivir como percibir el arte. Mencionado diferentes obras literarias importantes rusas, como joyas imprescriptibles del cine ruso así como trayendo a colación diferentes directores de cine que en la actualidad son pioneros en el arte; Tarkovski atraviesa a Dostovieski, Tolstói, Kafka, Dante, Buñuel, Chaplin, Bergman, Dalí, Van Gogh, Marx, Hemingway, Joyce, Picasso, Goya, Shakespeare, Goethe, entre otros; para modelar un profundo significado con el que abarca el lenguaje de su cine. El cineasta ruso también trae a la mesa diferentes experiencias personales como fragmentos poéticos de su padre y otros autores, también contiene imágenes y posiciones reflexivas sobre la poética de la imagen: el tiempo, el ritmo, el montaje, la música, el sonidos, las ideas y el guión.

«Cuanto más personal fuese lo representado en la pantalla, mayor grado de cercanía y emotividad lograrían las imágenes en el espectador.», menciona Tarkovski en las páginas de sus memorias artísticas. Sin embargo, el simbolismo extremo empleado en sus películas resulta difícil de descifrar para el espectador. Bajo de esta premisa de dificultad y compresión del espectador, Tarkovski supo también recoger y destinar los papeles óptimos a los actores que desdoblarían estos personajes.

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Fragmento del poema ‘Los primeros encuentros’ de Arseni Tarkovsky que aparece en la película El Espejo.

Lejos de desanimarse y con una nueva orientación en su trabajo como director, Tarkovski continúo en su producción dentro de la Unión Soviética y su siguiente película la llamó Stalker (1979), una parábola a su pasado científico como geólogo en Siberia quedó marcada en las infinitas imágenes de la película. En la producción de esta película estuvieron presentes diferentes inconvenientes al momento de revelar los fotogramas en el laboratorio y tuvo que volverse a filmar con un reducido presupuesto. Y como era de esperarse, el inteligible cine de Tarkovski seguía repercudiendo en las entidades soviéticas como sus observadores.

Conforme iba avanzando el tiempo y acercando la década de los ochenta, su situación personal como profesional dentro del país donde nació se iba haciéndose crítica y ante la menor oportunidad, salió para Francia. Sus primeros años del exilio voluntario fuera de su país, lejos de su familia, lo llevó a grabar una película en Italia llamada Nostalgia (1983): un símil que demuestra esa soledad y esas heridas difíciles de cicatrizar. Como por un viaje por el renacentismo, Nostalgia reflejaba la angustia de Tarkosvki por el tiempo pasado irrecuperable y por un mundo moderno donde la importancia del arte camina en retroceso. Esta película fue la última realizada bajo la vigilancia rusa, cansado de las políticas represivas de su país de origen, poco después huyó a Suecia.

Enfermo de un cáncer que continuamente debilitaba sus pulmones, supo recoger todas las fuerzas para personificar y visualizar su testamento antes de su muerte el cual llamó Sacrificio (1986). Con la ayuda del cineasta sueco Ingmar Bergman, por el cual Tarkovski desbordaba profunda admiración (y asimismo, Bergman por el ruso), la película ganó cuatro premios en el Festival de Cannes, algo totalmente nuevo para la historia del cine soviético. Andréi nunca pudo asistir personalmente a la premiación de su película debido al continúo acechamiento del cáncer que se extendía por su cuerpo y fue su hijo quién recibió el aplauso general que duró unos cinco minutos.

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Fotograma de ‘Nostalgia (Nostalghia)’, 1983.

Dentro de todas las obras logradas por el maestro Tarkovski, el director capta y resucita esa vida natural que continuamente rechazamos: el árbol, el agua, el viento, el fuego, el aire y todos los ruidos presentes dentro de la naturaleza. A pesar de su afición musical a J. S Bach, que escuchamos de fondo en las películas de El Espejo y Sacrificio, nunca realmente fueron necesarias porque el mundo de Tarkovski ya sonaba bastante bien: los prolongados «voz off» en Stalker y Solaris, los múltiples poemas recitados por la auténtica de su padre y también las imágenes originales de la Segunda Guerra Mundial presentes en El Espejo.

La falta de iluminación, el uso del color y los densos contrastes en el material fílmico de su producción, atraen con firmeza a quien le observa. Su sensibilidad por el arte se observa en la incorporación de un libro de pinturas de Leonardo da Vinci como los diez minutos de exposición frente a un cuadro Bruegel los cuales detallan su continúa entrega e impresión a través del arte. Sin duda, Tarkovski es adentrarse en un mundo totalmente diferente y aunque a veces se demuestra incompresible, el alma del cineasta ruso es mucho más sencilla de comprender.

«El poeta es una persona con la fuerza imaginativa y la psicología de un niño. Su impresión del mundo es inmediata, por mucho que se mueva por las grandes ideas del universo.Es decir, no -describe- el mundo, el mundo es suyo.» -A. Tarkovsky: Esculpir en el tiempo.

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