Narcos: México T2 | Reseña

Por: Jesús Velázquez

Netflix ha sabido explotar las historias de narcos de manera excepcional. Primero, fue el turno de Pablo Escobar, luego daría lugar a Pacho Herrera. La ambición no se quedaría ahí sino que adaptarían los orígenes del narcotráfico en México de la mano de Félix Gallardo, interpretado por Diego Luna. La primera temporada de Narcos: México tuvo una buena recepción. La historia de Kiki Camarena funcionó y cimentó la génesis del complejo entretramado. 

La primera entrega nos dejó inquietos, ya que la diplomacia y legalidad entre Estados Unidos y México se vería rezagada por la Operación Leyenda, la dulce venganza estadounidense. Sin más, estas son las reflexiones que nos dejó esta segunda temporada.

El rey, la política y los 80’s (sin spoilers):

La primera temporada logra establecer con franqueza a sus protagónicos. Diego Luna logra colarse y comandar la historia. Tras el suceso del agente de la DEA asesinado, es decir Camarena, no cambia la estructura de poder. Más allá de resaltar las acciones que condujeron a Félix Gallardo a convertirse en capo, esta segunda temporada dibuja mejor las relaciones que forja: tanto viejas como nuevas.

La historia es compleja, ya que cuenta con un sinfín de subtramas, pero a pesar de ello no se comporta lenta. Asimismo, sabe dar un balance entre sus dos fuerzas: por una parte los narcos y por otra el equipo de la DEA comandados por Walt Breslin. Es éste claroscuro le provoca un notorio amor/odio al espectador, un sello del «universo» Narcos de Netflix. De igual manera, la narrativa se ve enriquecida con el paralelismo de la vida real. A diferencia de la primera temporada, ésta es más temeraria en incursionar en la política.

Los personajes secundarios resaltan sin opacar a Diego Luna con un asterisco importante en el trabajo actoral de Gerardo Taracera en el papel de Pablo Acosta. La nueva pandilla norteamericana también funciona con integridad e incluso sus acciones nos rememoran a Steve Murphy de la contra parte colombiana. Diego Luna, con madurez, entrega un rol bien ejecutado, aunque si comparamos con lo realizado con Wagner Moura (Pablo Escobar) queda un poco corto, apenas un gramo. A pesar de cualquier señalamiento, Narcos: México cumple y es una serie imperdible con calidad.

Como el Imperio Romano (con spoilers):

La segunda entrega de Narcos: México hace dos puntos importantes para la narrativa: derrocar a Félix Gallardo a través de su propia boca y apretones de mano. Si bien es una serie basada en hechos reales, los creadores sí se toman diversas licencias creativas, para que caída de «El Jefe de Jefes» tenga mayor peso dramático. En un segundo punto, el incursionar en la relación política fue un acierto rotundo.

La mayoría de lo visto en estos nuevos capítulos ya había sido tentado en la primera temporada. Sin embargo, los guionistas hacen un trabajo impecable. Ésta segunda temporada suma a la línea narrativa sin ahogarse ni alentarse. La subtrama de Pablo Acosta, con pie afuera de La Federación, es fenomenal y retrata el verdadero arrepentimiento. De igual forma, Amado Carrillo se posiciona de una forma discreta en el poder.

Con un cinismo, pero con precaución, la historia retrata el salvajismo democrático de 1988. Sin miedo a señalamientos, cuentan desde el incidente con el personal de limpieza hasta sentarse en la presidencial: es decir, el anecdotario de los Salinas. Con sus respectivos permisos ficticios, construyen un lugar tan irreal como posible con la intervención de Félix Gallardo en las elecciones federales de 1988.

Por último, la serie es cruda al quebrar al equipo de Walt Breslin. Al final, quedan realmente como los perdedores de la batalla. No son los capos en la cárcel, es el haber acribillado a la diplomacia EE.UU y México sin finalizar la guerra contra el narcotráfico. Como una hidra se podría resumir toda la temporada: cortaron, metafóricamente, la cabeza de Miguel Ángel Gallardo, pero salieron más, pero el resto es historia.

 

 

 

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