Lázaro Cristóbal Comala: aprender a vivir con dolor

Por Jesús Velázquez

Durango es una de las tierras más misteriosas y llamativas de México. De clima seco y semiseco, es un lugar impactado por el sol. Hay grandes tierras desérticas, las mismas que llamaron a John Wayne. Grabó algunas películas, compró El Rancho La Joya. Una década después, se fue para no volver.

De esa misma tierra nació Lázaro Cristóbal Comala: el juglar torturado. Lázaro nació en el centro de una familia por desmoronarse. Su padre, al menos a través de lo retratado de sus canciones, lo abandonó y, como John Wayne, no volvió.

No es la primera cicatriz que tuvo que cargar. Lázaro tomó una guitarra y escribió sus penas. Se resguardo en el folk con toques de country y blues, influencia sureña de los Estados Unidos. Así, trató de resanar cada una de las heridas que ha tenido.

Fue, entonces, cuando en 2016 lanzó sus primeros trabajos. Acompañado de un montón de músicos con el mismo corazón roto. La música de Lázaro Cristóbal Comala muestra sinceridad, tristeza, desamor y todo el tiempo de desconocerse a uno mismo. Ha estado perdido mucho tiempo, pero constantemente se encuentra, busca un trago amargo y compone más canciones.

No solamente han sido las circunstancias externas, sino tuvo que batallar contra sí mismo. Caídas, adicción y de falsas alarmas de tirar la toalla. Lázaro Cristóbal ha logrado, con una barca frágil, sobrevivir a través de la música. Poco a poco, se ha colocado como un proyecto sólido encontrando en su paso a más personas rotas en búsqueda de esa canción.

“Y si hoy sigo en pie, es porque abrigo un poder no mío. Me hice un laberinto y una sed que nunca sacie”

 

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